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El jarro agrietado, una historia hindú para aprender a mirar dentro de nosotros mismos.

El jarro agrietado, una historia hindú para aprender a mirar dentro de nosotros mismos.

Esta historia nos habla sobre un campesino que sobrevivía vendiendo agua a un mercado. Él colocaba el agua que vendía en diez jarros.
Entonces, todas las mañanas, colgaba una vara en su espalda y colocaba un jarro a cada lado. Después de llenarlos, el campesino los llevaba al centro de la aldea, donde vendía el agua. Sin embargo, existía uno de ellos que estaba agrietado.
El campesino, sin embargo, no dejaba de utilizar ese jarro, incluso optaba por usarlo en el primer viaje del día al pozo, junto con uno de los jarros en buenas condiciones, cada uno colgado de un lado de la vara.
Lógicamente, cuando el campesino llegaba al mercado, gran parte del agua del jarro agrietado ya se había desvanecido. De esa manera, él conseguía cumplir solo con la mitad del agua del otro lado, ganando sólo por el jarro que no desperdiciaba agua.
Fueron los Jarros, quienes percibiendo la situación, comenzaron a conversar entre sí. No podían comprender la actitud del hombre. Él estaba perdiendo la oportunidad de ganar más dinero optando por seguir usando el jarro dañado.
En medio de esta situación, el Jarro partido comenzó a sentirse triste y avergonzado. Al fin y al cabo, siempre había estado junto al campesino cumpliendo su función con excelencia y ayudándole a conseguir su dinero con dignidad, hasta que apareció “ese defecto” en su cuerpo. Él se empezó a ver a si mismo como un inútil, sentía que el campesino sólo continuaba utilizando por lástima, si sabía que utilizando otro jarro tendría de nuevo sus ganancias al 100%.
El cuestionamiento permanecía en todos:Con tantos jarros nuevos y en perfectas condiciones, ¿por qué no reemplazaba al viejo de una vez?”
El campesino no se preocupaba por los cuestionamientos de los jarros. Él sólo meneaba la cabeza y sonreía, lo que los dejaba preocupados, creyendo que su dueño se estaba volviendo loco. A menudo, su única reacción era la de tomar unas migajas de sus bolsillos y esparcirlas por el camino.

Una gran lección

Al final de un día, cuando el campesino estaba preparándose para descansar, el Jarro partido se animó a hablar de su situación y lo llamó para conversar. Él escuchó atentamente mientras su compañero de larga andanza hablaba. El jarro le dijo que amaba su trabajo, pero no se veía más como útil, y que no quería ser mantenido sólo por pena o compasión. Él prefería ser descartado más que convertirse en un peso para el hombre.
Entonces, llegó el turno del campesino a hablar. Con una sonrisa en la cara, él dijo que nunca pasó por su cabeza deshacerse de su compañero, porque le era extremadamente útil.

“¿Útil?”, Preguntó el jarro. ¿Cómo puedo ser útil si, por mi causa, pierdes dinero todos los días?
El campesino, entonces, le pidió que se calmara y esperase, porque al día siguiente le mostraría porque era tan valioso.
Cuando el día amaneció y llegó el momento de salir al trabajo, el hombre dijo al jarro: “Estáte atento a todo, observa bien a cada lado de la carretera hasta el pozo.”
El jarro le obedeció y todo el camino se quedó observando todo a su alrededor, pero vio un buen camino, vivo y lleno de flores, sin ningún contratiempo. Entonces, cuando llegaron al pozo, le dijo a su amo que no pudo encontrar una respuesta clara durante el trayecto.
El campesino lo miró y con todo el amor, le dijo: “Desde que te agrietaste, me quedé pensando en la mejor manera de conseguir usar tus capacidades. Entonces me vino la idea de esparcir semillas por el camino, de vez en cuando. Estas semillas son regadas todos los días por ti, y ahora que se desarrollaron, además de poder contemplar un paisaje hermoso y colorido todos los días, todavía puedo cosechar algunas plantas y venderlas en el mercado, a un precio superior al del agua. ¿Percibes ahora la importancia que tienes para mí?

Moraleja
Nunca dejes de creer en tu propio valor, ya que con todo y tus “grietas” tienes una gran misión…
El Jarro agrietado, emocionado, entendió su verdadero valor y, de aquel día en adelante, nunca más cuestionó su importancia para los demás.